Hace poco más de un mes, cumplí 15 años. En términos generales, supongo que he sido buen hijo, mejor estudiante y gran compañero. Un jovencito normal, bah, o al menos así lo creí, hasta que, con la pubertad, llegaron los impulsos sexuales. Como todos, sufrí transformaciones, despertó mi líbido, la curiosidad y tempranamente, tuve mi tan ansiado debut. Fue por entonces que, lenta pero seguramente, comencé a asumir que, mi madre, podía despertarme fantasías eróticas. En un intento por negarlas y alejarlas de mi mente, las catalogaba como perversiones, pero nada podía cambiar. No se trataba de desear sexo con ella. Lo que me hacía despertar en las noches, era imaginarla acostada con un tipo o dos. Me deleitaba imaginarme observando la escena. No sólo trataba de rechazar esa faceta mía, sino encontrarle algún tipo de explicación. Mi madre debía tener alguna responsabilidad en ello. Pero, por mucho que me empeñaba, todo indicaba lo contrario. Eugenia, tal el nombre de ella, era joven aún, d...
El Templo del Morbo: Un mundo de fantasías para adultos...