Pude imaginar muchas cosas, pero jamás, cuán tempranamente, habría de iniciarme en todos los secretos del sexo. Con mis escasos 18 años, era la típica soñadora, ansiosa de encontrar el amor ideal.
No soy, ni era, de esas chicas por las que los hombres, inclinan exageradamente el cuello. De complexión pequeña, mis medidas son 82-60-90, poseo cutis blanco, cabello lacio castaño y estatura mediana.
Mi madre, Caro para los amigos, me trajo al mundo, muy joven. Contaba 19 años y gracias a mí, se casó con papá.
Hoy tiene 37 y sigue siendo muy bonita. Cabello rubio algo ondulado, de largo hasta debajo de los hombros. Ojos claros y delgada, con buen busto y cola. Viste formal. es callada y tímida.
Por su parte, Lucía, mi abuela, fue más precoz aún. Mi madre nació cuando ella tenía 17 años. En la actualidad, cuenta con 54. Goza de una excelente posición económica. No sólo nos ayuda siempre, sino que se cuida mucho. Más de una chica, con seguridad, envidia sus formas. Busto prominente y erecto, cintura chica y cola dura, fruto de la gimnasia que realiza. Es alta y lleva el cabello corto teñido de caoba ceniza, que contrasta con sus ojos verdes (como los míos) y piel clara – Todo en ella, llama la atención de los hombres maduros y… no tanto.
Hechas las presentaciones, me remito a los hechos.
Papá, abandonó a mamá hace 4 meses, por otra mujer. Desde entonces, no lo veo. Ambas sufrimos mucho. No logramos reponernos, hasta que intervino la abuela, con algo más que palabras. Nos incitó a visitar, en el verano, las montañas. Consiguió en préstamo, la propiedad de una amiga empresaria, viuda ella.
Mi madre, no estaba muy convencida. Entre angustiada y enojada, a la vez, no podía ver claro. Fui yo, quien insistió en que nos haría bien desenchufarnos de todo. Insistí, en todo lo que podríamos hacer, en un lugar paradisíaco como el que la abuela nos mostró por fotos. Se trataba de una granja, tipo chalet, toda revestida en madera, rodeada de frondosos árboles e imponentes montañas. Un sueño, a punto de realizarse. Mamá aceptó y así, partimos.
Disfruté mucho el viaje. Elegimos hacerlo en micro, para no perder el paisaje. Y aquí fue la abuela quien protestó, pero al fin, cedió.
En la terminal, tomamos un taxi. Tras una hora de viaje, por caminos de tierra, arribamos a destino.
La casa era tal cual las fotos, una hermosura, el aire se sentía puro y sólo se escuchaba el canto de los pájaros.
El primer día, sirvió para aclimatarnos, desempacar valijas y caminar, antes del anochecer, por un caminito, rodeado de altos pinos. Esa fría noche, nos sentamos las tres, junto al hogar a leños.
Al día siguiente, fui la primera en levantarme. Casi desmayo del susto, cuando al abrir la puerta para salir a juntar leña, me topé con un tipo en la entrada.
Era el típico montañés, aunque nunca había visto otro autóctono. Tez negra, semblante adusto, muy alto y musculoso, calvo, camisa escocesa de frisa, jean y una campera larga con piel. Tosco, de movimientos bruscos, con un cutis curtido y arrugado que hacía difícil calcular su edad, estimo que andaría entre los 45 y 60 años. Tras pedirme que no me asuste, dijo ser el encargado de ayudarnos, para lo que precisemos, cortar leña, hacer las compras, etc. Con todo, le solicité que volviera más tarde, cuando mi abuela y mi mamá, despertaran, pues yo nada sabía.
Ambas quedaron sorprendidas. La abuela, nada sabía tampoco, pero calculó que su amiga lo había enviado, para que el descanso fuera completo.
El inesperado auxiliar, dijo llamarse Esteban. Lo primero que hizo, fue tomar el hacha para cortar leña. Había que sacarle las palabras, tan hosco era. No obstante, pese al escaso diálogo, me dijo que se aproximaba una gran tormenta y que en esa zona y por esa época, eran violentas. Todo era tan perfecto, que la tormenta, sería lo de menos. Jamás imaginé cuán cerca estaba de la verdad.
Dedicamos el día a pasear. Hallamos un bosque cercano, admiramos las montañas y el valle en que se emplazaba la casita. Mientras regresábamos, se desató un fuerte viento, seguido de lluvia.
Cortésmente, invitamos a Esteban, a tomar algo caliente.
Mientras bebíamos, noté como nos observaba. Se sentía atraído por nosotras. Era evidente que, por esos lugares, no había muchas mujeres bonitas y bien cuidadas. Hasta era posible, que no hubiera mujeres o muy pocas. Como de costumbre, la que más hablaba. era la abuela. Le preguntaba por la vida allí, las costumbres y medios de vida.
Esteban, lentamente, se soltó y comenzó a hablar más fluidamente.
Comentó que, desde hacía varios años, trabajaba para la dueña de la cabaña, junto a otro hombre que vivía con él. Cuando la abuela iba a preguntar por su compañero, golpearon la puerta fuertemente. Esteban dijo que, con seguridad y por el toque, que era su compañero.
En instantes, me hallé, frente a otro clásico lugareño, pero indudablemente mayor en edad. Era corpulento y más alto, de cabello tipo mota, también negro y tez muy arrugada. Calculé unos 60 años. Poseía una mirada penetrante, que bien acompañaba sus grandes ojos negros.
Lo hicimos pasar y mamá le sirvió una taza de café. Nos miraba fijamente y se sentó junto a Esteban.
Estábamos hablando todos muy animadamente, cuando la abuela, preguntó como se irían, puesto que el temporal no amainaba. El otro, llamado Pedro, dijo que siempre que esto sucedía, la dueña los dejaba dormir en el establo. Explicó que estaba lleno de maquinarias y arriba tenía un piso con camas. Que, entre otras cosas, limpiaban y efectuaban el mantenimiento de las maquinarias.
Como no lo habíamos visitado aún, asumimos que así sería. Totalmente despreocupadas, cenamos con ellos. Sólo observé que, el alcohol, desaparecía de las botellas, demasiado rápido.
A eso de las 22 hs., nos fuimos todos a dormir. No había televisión y la radio no tenía buena recepción, por el estado del tiempo.
Desperté alrededor de las dos de la mañana, para ir al baño y vi la luz del comedor encendida. Era la abuela, quién con una sonrisa, dijo que no podía dormir. Por todo atuendo, vestía un camisón blanco que dejaba ver su ropa interior azul. Yo estaba con una bombachita blanca y una casaca negra, que decidí usar para dormir. Le hice compañía y nos acomodamos junto al hogar. El frío continuaba, lo mismo que la feroz tormenta. Decidimos tomar leche caliente, para provocar el sueño.
Al regresar de la cocina, con la casual ayuda de un relámpago, creí ver dos figuras en la ventana que daba a la galería. Se lo comenté a la abuela, pero ella dijo que, seguramente, serían los árboles. Acepté la explicación, para no alarmar, pero íntimamente, estaba segura de haber visto figuras humanas y los únicos que podían ser, eran los dos caseros.
A la mañana siguiente, continuaba lloviendo y el frío se volvió insoportable. Pasamos el día, jugando a las cartas, leyendo, acomodando y revisando provisiones y cosas por el estilo.
Esteban y Pedro estaban en la galería, arreglando un aparejo interior. Mamá los invitó con un ron que había hallado dentro de un aparador, entre otras bebidas.
Pronto, los cuatro estaban tomando y hablando, mientras ellos laboraban. Por mi parte, decidí no tomar alcohol. Recordé la última vez que lo hice y terminé vomitando toda una noche. Para no mencionar los mareos y jaqueca del día siguiente.
Estaba en mi habitación con la tablet, leyendo Papá, Mamá y el Mecánico (4) del blog de relatos eróticos de Gus Becker & Marcel Milord, cuando noté un extraño silencio, luego de tanto ruido y algarabía. La curiosidad pudo más y decidí ir a ver.
Circulaba por el pasillo, cuando reflejada en un espejo, pude ver a la abuela, besándose en la boca con Pedro. Quedé atónita. Sólo atiné a quedarme allí, parada, sin hacerme ver. No sabía dónde estaba mamá, hasta que escuché ruidos en el baño. Sólo podía ser ella. Decidí regresar a mi habitación, cuando por el espejo, advertí que Esteban se acercaba. Rápidamente, me encerré. Nuevamente, escuché sonidos extraños. Espié por una hendija, que entreabrí. Era Esteban que, en ese preciso momento, abría la puerta del baño. Me posicioné mejor, para poder ver el interior del baño.
Noté como, mi madre, sorprendida, levantó rápido su pantalón. Él entró, dejando entornada la puerta, tras suyo. Aguzando el oído, alcancé a escuchar a mamá que le pedía que saliera, por favor. Lejos de hacerlo, Esteban respondió:
– No me vas a dejar así, después de lo que hablamos. Me calentaste tocando temas íntimos.
Nuevamente silencio y de pronto ruidos raros.
Me asomé un poco más, para poder ver por la puerta entreabierta. Quedé pasmada ante el espectáculo. Mamá, lo tomaba del cuello y él, le manoseaba el culo. Me negaba a aceptar lo que veía. La abuela, besándose con ese sujeto hosco y mamá, tan recatada y compungida ella, con ese tipo brusco y rudo.
Empezaba a deprimirme por tanta miseria humana, cuando debí ocultarme rápidamente. Mamá y Esteban, abrazados y entre caricias y besos, salían del baño Fueron al comedor, donde estaba la abuela con su “pareja”.
Sin inmutarse por la presencia de otros, Pedro metía la mano, debajo del pullóver de la abuela y le manoseaba con frenesí las tetas. La abuela, parecía tener espasmos de placer y gemía.
Mi madre, o bien no reprobaba la escena, o no le prestó atención, al sentir la mano de Esteban¸ en su vagina, por encima del jean.
En ese momento, me dije que, estaban tan excitadas, que siquiera se cuidaban de gemir, sabiendo que yo podría estar escuchando, aún involuntariamente. Confieso que la sola idea, produjo una cierta excitación en mí, que sofoqué de inmediato. Pero no pude dejar de mirar. Estaba como hipnotizada.
Para entonces, la abuela, ya agarraba el terrible bulto de Pedro, lo acariciaba y besuqueaba, casi con desesperación Era un pene gruesísimo, erecto y duro como piedra que, según descubrí, no inhibía, a quien tan expertamente lo frotaba y lamía, mirándolo a él, de tanto en tanto, a los ojos.
Mientras mi madre, miraba la misma escena, Esteban, sin quitarle la mano del culo, apuraba con la otra mano, una botella de vodka ya por la mitad. Reía y con leves empujones y apretujones en el culo, acercaba a mi madre, hacia el formidable miembro de Pedro, a la par que, extraía del pantalón, su propia bestia larga y gorda.
Obligó a mi madre a sorber de la botella, mientras llevaba su mano hacia su pija. Por primera vez, noté temor en mi madre. No parecía querer participar activamente de lo que estaba ocurriendo. Sin embargo, este estado, duró poco. Seguramente, la conducta de Lucía, la excitaba, sin hablar de la “colaboración” de Esteban.
La abuela, tras recorrer y chupar la brutal pija, dijo:
- Esto es terrible. En mis años, nunca vi, una cosa así.
Notoriamente, estaba muy caliente y manoseaba de tal manera la terrible verga que parecía que estallaba, las venas parecían querer salirse.
Antes de darse cuenta, Caro hacía otro tanto con Esteban, mientras éste, le manoseaba el culo, ya totalmente al descubierto.
Ella se acomodó, para facilitarle el trabajo, sin dejar de mirar y tocar esa pija enorme, que golpeteaba hacia arriba, de puro dura y parada que estaba.
Estaban así, cuando el ocasional y borracho amante de Caro, me vio. Sonrió y me guiñó un ojo.
Tras verme, Esteban, cruzó una lasciva mirada con Pedro que, para entonces, miraba la estrecha bombachita roja de mamá, sin dejar de frotar culo y vagina de mi abuela.
A la señal, Pedro también advirtió mi presencia y se pasó la lengua por los labios. El gesto me atemorizó.
La abuela se sacó el pantalón, dejando ver, su todavía lindo cuerpo. Se paró frente a Pedro, que corriéndole la tanga le comenzó a chupar la vagina provocando que ella se contorsionara del placer.
Tenía enterrada la cara entre las piernas de ella y con un dedo le acariciaba el agujero del ano.
Esteban me miró y dijo en voz alta :
– Vení querida, no hay nada que temer ni por qué privarse de nada.
Mamá al oírlo, giró. Intentó levantarse el pantalón pero él la sujetó diciendo:
– Dejá que venga. Acaso mirar a tu mamá, no te calienta?. A ella, también le gustaría –agregó clavándome fijamente la mirada.-
Mamá iba a decir algo, pero me adelanté. Entré y me paré mirando a todos. Estaba caliente por lo que veía, ya no podía engañarme a mí misma.
Con decisión, me acerqué a Esteban y comencé a besarlo en la boca. Pensé que, la presencia de mi madre y abuela me cohibirían, pero no fue así. La calentura me transportó y me dejé llevar.
Sentí una mano apoyarse en mi culo y abrí los ojos. Mi madre, se había sentado a la derecha de Pedro, dejándolo en medio de mi abuela y ella. Deseaba ver que ocurría pero Esteban, demandó toda mi atención.
Llevó mi mano a su enorme y duro pene. Me estremecí, al pensar que algo así, me pudiera penetrar sin dañarme. Apenas me iniciaba en el sexo. Mis experiencias, eran escasas y limitadas a chicos de mi edad o similar. Ahora, estaba con un tipo mayor, experimentado y con un arma sumamente grande. Decidí no pensar y, para ello, nada mejor que echar un vistazo a las que también tenían experiencia.
Abuela, casi con desesperación, luchaba por meterse el bruto aparato de Pedro. Mamá caliente como jamás hubiera imaginado, se contorsionaba, sentada sobre la cara de él.
Todo era muy loco, muy degenerado, pero mi calentura se acrecentó ante el espectáculo y sentir unos dedos exploraban la entrada a mi concha por encima de mi bombacha.
Pronto quedé sólo con la tanga negra. Mi amante, chupaba ambas tetas, tirando con sus labios suavemente mis pezones para afuera. Deliraba de placer, jamás había llegado a tal grado de excitación, ni me había sentido tan libre y como poseída por mis propios lascivos deseos.
Presioné su pija y me arrodillé para chuparla. Era enorme. Con la mano la sostenía y acerqué mi boca comenzando a besarla. Sentía que tenía vida propia y le hablé. Le dije que no me dañara, que sólo me diera placer.
Esteban tomó mi cabeza y la empujó hacia el duro palo, metiéndomelo hasta la garganta. Me provocó profundas arcadas y con esfuerzo pude zafar, mientras escuchaba a mi madre reprochando su actitud. Le dijo que no fuera animal, que era chica y me iba a lastimar.
Al instante, Pedro replicó:
– Preocúpate por vos, que te voy a clavar el culo hasta los huevos.
Esteban me levantó y me llevó hasta mi habitación. Cerró la puerta y dijo:
– Acá estaremos tranquilos, mamá se pone nerviosa al verte a vos y no van a gozar ni ella ni vos.
Yo no estaba de acuerdo. Me gustaba mirar, me exacerbaba y potenciaba mi sexualidad. Pero no me dio tiempo a decir nada. Se arrodilló, abrió bien mis piernas e introdujo su lengua, en mi vagina, por encima de la tanga, lamiéndola cadenciosamente.
Al rato, sentí que me mojaba toda y un espasmo propio de un orgasmo. Agarré su cabeza y supliqué que me penetrara.
Me acomodó en la cama, se puso encima mío y me rozaba con su pijota, mientras me chupaba el cuello. Estuvo así, largo tiempo, jugando con la bruta cabezota de su pija, en torno a los bordes de mi vagina, amagando penetrar y desistiendo. Mi calentura aumentaba, me mojaba y empecé a tocarme yo misma, cuando me dijo:
– Tiempo al tiempo.
Me dio vuelta y comenzó a besar y manosearme el culo. El hijo de puta, me volvía loca, manejaba los tiempos a su gusto, esperando llevarme al borde de la desesperación.
Contra todo lo previsible, ya desnuda como estaba, me levantó de la cama, ciñéndome fuertemente por la cintura, me condujo de nuevo hacia la sala.
Ya desde el pasillo, los ví. Con maestría única, Pedro, tenía a ambas mujeres de la nuca, obligándolas a besarse en la boca entre ellas e introduciendo la propia lengua en una y otra boca. Para cuando llegamos al final del pasillo, ellas ya se entrelazaban las lenguas con naturalidad y pasión, mientras él, acariciaba sus espaldas y al llegar al culo de ambas, introducía dedos de cada mano en sus respectivos culos, empujándolos hacia adelante, para que sus conchas se rozaran, en el armonioso movimiento. Los tres, estaban de rodillas en el piso.
Ese espectáculo debió causarme asco, pero era consciente del estado de éxtasis de ambas. Esteban, que sabía lo que me sucedía, se colocó detrás de mío, acariciando mis pechos y restregando su pija ondulatoriamente en mi culo. Quería que pudiera ver bien lo que ocurría y mantenerme así, ansiosa y caliente.
A continuación, con igual destreza, Pedro hizo que ambas se recostaran en el piso, sobre la alfombra. La abuela quedó abajo. El se colocó detrás y alzó las nalgas de mi madre, que quedó apoyada sobre la abuela con ambas manos en el piso, como un perrito. Abrió bien las piernas de mi abuela y las levantó y flexionó hacia atrás. Los pechos de ambas se tocaban y rozaban. De un solo envión, penetró brutalmente a mi abuela, empujando violentamente, una y otra vez. La abuela, tomó las tetas de mi madre y empezó a succionarlas, entregándole los propios, a su vez. Estaban como idas, fuera de este mundo. No sabían lo que hacían. Pronto, mi abuela sostenía con sus piernas el torso de Pedro, para facilitar y profundizar la penetración. Él, ya con las manos libres, acariciaba con una los pechos de ambas y con la otra metía cada vez más dedos ensalivados en el culo de mi madre. Para matizar, de tanto en tanto, se quedaba quieto, para que la abuela se moviera desesperada e introducía su lengua en el culo de su hija. Era un revoltijo, todos, contra todos. Besos, pellizcos, chupones de todos para todos. Mi madre, cuando podía, chupaba los dedos de Pedro para lubricarlos, succionándolos como si se tratara de un pene.
Quería estar ahí, participar y empecé a frotarme contra Esteban más rápido cada vez y a succionarle los dedos de la misma manera.
Para cuando la pija de Pedro se escondía en el culo de mami, provocando un grito de ella, Esteban me volvió a llevar a la habitación. Quise resistirme, pero no pude. Me acomodó boca abajo sobre la cama, me abrió bien las piernas y dijo: – Ahora voy a calmar la fiebre que tenés.
Sentí que escupía, me puse en posición, pero la terrible pija, a pesar de volver a recorrer los labios de la vagina, comenzó a introducirse en mi culo.

Intenté girar, decir que no, pero era tarde. La cabezota, perforó mi cerrado ano. Sentí un terrible, agudo dolor y grité. Me dijo que me relajara, que respirara hondo y lo soportaría mejor. Intenté hacerlo, pero me superaba. Traté de apartarlo, moviéndome, pero sólo contribuí a hacer más profunda su penetración. Una sensación de ahogo, de asfixia, me invadió. No tenía fuerzas para resistir. Él luchaba por meterla más y más. Por fin, exhausta, me relajé. El alivio fue lento pero seguro. Con esfuerzo, abrí más las piernas y levanté la cola, permitiendo que la cosa, entrara casi toda dentro de mi culo. Me dijo que así estaba bien, que la levantara más y por fin, la terrible pija llegó al fondo. Con todo, me sentía más cómoda y el dolor se volvió soportable.
Esteban, gimió de placer al sentir toda su pija dentro mío y comenzó a bombearme a ritmo sostenido. El roce de semejante aparato, renovó el intenso dolor, pero comencé también a moverme y disfrutar, sin darme cuenta que lo acompañaba, respirando rítmicamente. Pronto, sentí que me inundaba con su tibio semen. Quise gritar que no, que todavía no me había ido, pero fue inútil. Se acostó boca arriba a mi lado. Notó que estaba sedienta de placer insatisfecho y me dijo:
- Descansá un poco que ahora sí, estás lista para la fiestita.
Estaba como enloquecida y comencé a rozarme, boca abajo como estaba, contra las sábanas. Me dijo que me detuviera, que lo mejor estaba por llegar. Momentos después, me recondujo hacia donde estaba el trío que tanto me había excitado.
Pedro yacía recostado en el sillón, de rodillas en el piso, Lucía – la abuela – chupaba, besaba y la mía la pijota gorda y enhiesta. Noté la habilidad de la abuela, para evitar que explotara, deteniéndose y cambiando el ritmo de tanto en tanto.
Caro – mi madre -, estaba en cuatro sobre él y mirando en dirección a mi abuela. Su culo daba a la cara de Pedro. También Caro, de tanto en tanto lamía la verga y hasta se encontraban las lenguas de ambas, mientras lo hacían. Mi madre se estremecía, era notorio que iba de orgasmo en orgasmo. Pedro tenía sus dedos introducidos en la concha y el culo de mi madre y los movía con rapidez, se detenía, lo chupaba un poco y volvía a la carga.
Mientras esto observaba de pie, junto a ellos, Esteban no dejaba de manosearme por todo el cuerpo. De pronto, recondujo los labios de Lucía hacia su propio miembro, para que se lo metiera en la boca, a la par que me encaramaba en el sillón, piernas abiertas y él mismo, me metía el pene de Pedro en la vagina. Acompañó un momento mis movimientos, que de inmediato se hicieron intensos y vigorosos, tan caliente estaba y entonces me dejó, diciendo:
-Así puta, sacate las ganas de una vez. Dale con todo. Mostrale que ya sos una mujer de verdad….y luego exhaló un gemido de placer, pues Lucía ya lo había erotizado al máximo.
Ahora estaba de frente a mi madre, pero erguida y cabalgando furiosamente a Pedro. Casi no me di cuenta que Caro metía sus dedos entre la pija y mi concha y nos friccionaba a ambos. Sin pensarlo, le acaricié los pechos, tal como había visto antes y los pellizqué con furia, para luego acariciar los míos, sin dejar de subir y bajar, tratando de sentir más y más esa pija. Estaba fuera de mí, pero entendí el mensaje de Esteban y evitaba llegar al clímax, para seguir disfrutando del juego erótico. Esto, hasta que Pedro se derramó en mí y me arrastró con él, en medio de estremecimientos que parecían no detenerse más. Esta vez, quedé absolutamente satisfecha y extremadamente cansada. Incluso, sentí el dolor anal, provocado por el estreno de Esteban.
Tras un breve momento, fui a la cocina para beber y refrescarme un poco. Cobré conciencia de lo que estaba ocurriendo. Podía entender a Lucía y a mi madre. Ambas, estaban – o así lo suponía – faltas de “ejercicio”. Más difícil era entender mis más primarios impulsos. Decidí no pensar y con la gaseosa en la mano, regresé al salón.
Ahora era Esteban quien estaba recostado en el sillón y Pedro, reponiéndose en el de un cuerpo.
El pene de Esteban, había recobrado la dureza que tenía, antes de penetrarme. Llegué en el preciso momento en que mamá, se sentaba sobre él, apuntaba la pija a su culo y se la introducía.
Gritó cuando la cabeza entró y despacio comenzó a esconderla en su cola. Estaba toda clavada, gimiendo y quejándose del dolor, pero persistía. Comenzó a cabalgarlo con fuerza. Los cachetes hacían ruido al chocar contra él.
Mientras ella saltaba sobre él, Lucía, de costado, lo besaba. Me calentó mucho esa imagen.
Sin darme cuenta, empecé a chupar y relamer la boca de la botella que llevaba, mientras me sentaba en el piso, con las piernas muy abiertas y en cuclillas. Miré de reojo a Pedro. También observaba la escena y se tocaba el miembro. No le quité los ojos de encima. Por fín, reparó en mí y entonces, se me acercó. Arrastrando la alfombrilla.
Me recostó en ella, nuevamente de espaldas y empezó a acariciarme y rozar su miembro en mi culo, mientras tironeaba los botones de mis pechos. Levanté las nalgas, en el colmo de la excitación. Pedro me la metió de un golpe, primero en la vagina para lubricarse y luego en el culo. Esta vez, respondí adecuadamente y hasta llevé mis dedos a mi clítoris, para asegurarme no quedarme con las ganas.
Allí estábamos mamá y yo juntas, A ambas, nos estaban partiendo el culo dos tipos rudos casi desconocidos.
La abuela, sin dejar de besuquear aquí y allá a Esteban, miraba el espectáculo. Al fin, se empezó a masturbar, metiéndose de a poco, tres dedos en la concha.
Esteban acabó primero en el culo de mamá. Al rato, me tocó a mí y Pedro me empujó sobre mi madre obligándome a lamer el semen vertido dentro de ella.
En los días que estuvimos allí, creo que probamos todas las variantes de sexo. Esteban me cogió un día contra un árbol, dejándome la concha inflamada de tan fuerte que me dio.
A mamá, se la cogieron los dos en su habitación, mientras la abuela y yo mirábamos calientes, como mamá gemía y se deleitaba con las dos pijas dentro suyo. Después, nos dieron los dos juntos a la abuela y a mí, de a una por vez.
Mi culo llegó a sangrar, tan fuerte me espoleó Esteban, mientras Pedro hendía mi vagina.
Lo hicimos en todas partes de la casa y a la intemperie. Como eran dos contra tres, ellos terminaron introduciéndonos objetos en la concha, para saciarnos a todas…y lo lograron.
Durante toda la permanencia allí, ellos se quedaron en la casa y cogíamos a cualquier hora del día, de a dos o a tres o con alguno de observador, mientras aguardaba su turno. Hasta cuando íbamos a higienizarnos, estábamos acompañados y …terminábamos haciéndolo en el baño.
Durante las comidas, solíamos untarnos el cuerpo, para besarnos y chuparnos mientras nos alimentábamos. A modo de juego, Esteban permitió que le metiéramos una banana en la entrada del culo, para comer un poco cada uno, incluso Pedro, y terminar metiéndole la lengua adentro.
Huelga decir, que nosotras no fuimos menos y nos permitimos todo. De hecho, salvo cuando íbamos de compras, no sabíamos si era de día o de noche.
Comenté a la abuela que, en adelante, me resultaría difícil adaptarme al sexo normal con un hombre. Ella se rió y me dijo que era joven. Que estas experiencias en forma constante, podían aburrir. Que no había nada como el sexo con amor. Pero que, en tanto, había que vivirlo todo.
No estaba del todo convencida, de modo que cuando la abuela les sugirió que nos visitaran en la ciudad y prometió que regresaríamos lo antes posible, sentí alivio.
Desde entonces, recibimos “visitas” de dos o tres días y cuando podemos, regresamos a nuestra secreta “isla de la fantasía”.-
Autor: Marcel Milord & Sra.
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ResponderBorrarUna historia diferente, uana experiencia especial en la casa de la amiga de la abuela. Ojalá pronto cuenten alguna historia de esas visitas que recibieron por parte de ellos de 2 a 3 días
ResponderBorrarFelicitaciones al gran Marcel Milord, un relato muy morboso en donde todas las mujeres de la casa tuvieron su chance de gozar
ResponderBorrarExcelente relato, estuvo muy excitante me encanto... Muchas gracias Sr. Marcel y Sra. por compartirlo...
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